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El Plan

May 4, 2015

 

Nancho Novo

 

Si a un ser humano lo despojan de todo lo que le hace sentirse humano: el trabajo, el amor, el futuro, la independencia, los sueños... sólo le queda la dignidad. Pero es difícil mantener la dignidad cuando, desposeído de todo lo demás, tu alrededor te menosprecia. Y si un ser humano pierde hasta la dignidad, ¿qué se puede esperar de él?

 

Cuando acabé de leer El Plan, y descendió lentamente el telón en mi imaginación, me quedé conmocionado: el corazón ligeramente acelerado y el aire entrando espeso en los pulmones. Antiguamente dirían que la obra me llegó al corazón; y no: me afectó al sistema límbico que, como muy bien explica uno de los personajes, es esa zona del cerebro que rige nuestras emociones.

 

Me cuesta recapitular sobre todas las cosas de las que habla Ignasi Vidal en esta comedia. Estoy convencido de que dará para mucho debate.

 

En principio habla de una generación, la última hornada de niños de Franco, herederos de una revolución que quedó pendiente, que se las prometían muy felices al calor de una incipiente democracia que poco a poco se sumergía en las plácidas aguas del progreso liberal y que llegados al ecuador de su vida se encuentran con que todo era mentira. Eran mentira los ideales, era mentira el amor, era mentira la prosperidad, ¿también era mentira la amistad?.

 

Porque otro de los temas evidentes que afronta El Plan es cómo somos los hombres en esa pequeña manada que llamamos cuadrilla, pandilla, peña, basca...

Ya sabemos que los hombres para demostrarnos afecto nos damos collejas y nos llamamos hijoputa. En esta función esa relación masculina queda reflejada sobremanera. Es como si a través de una mirilla espiases el comportamiento de tres hombres que creen conocerse hasta en los más íntimos detalles. Son tan amigos que no tienen pudor en faltarse al respeto constantemente, dentro de un juego que no denota más que una profunda amistad, tan profunda que tiene mil recovecos, algunos oscuros, con aristas y estrechamientos; tan profunda que a veces asfixia,  preñada de amargura y frustraciones inveteradas. Tal vez esta comedia se pregunte, en primer término, ¿en qué demonios consiste la amistad?

Y estos tres amigos tienen, cada uno de ellos, algo muy especial. Algo que ocultar a los demás. Y ninguno de esos secretos es moco de pavo.

 

Perdedores de la vida, que tratan de sostener la dignidad en una sociedad que se mofa de ellos, desechos de la crisis voraz, intentan quitarse el olor a mierda a base de orgullo y de meter la nariz en la miseria del otro para sentir que siempre hay alguien que está peor que uno mismo. Pero eso acaba por no consolarte, ya que ninguno de tus sueños se ha cumplido, y si se cumplieron no llegaron nunca a ser lo que esperabas, y el plan B tampoco ha funcionado, ni el de emergencia; entonces incluso comienzas a envidiar profundamente la miseria del que tienes al lado, creyéndole en mejor situación que tú, ignorante de que él siente la misma envidia hacia tu propia miseria.

 

Tal vez esta comedia habla de la desesperanza de una generación...

 

Veréis que aplico el término “comedia” para una obra que parece severa en su contenido. Suelo hacerlo  por defecto para referirme a un texto teatral en cualquiera de sus modalidades, y no sé si en este caso sería el más adecuado. Pues si en El Plan te ríes constantemente merced a sus diálogos llenos de brillo, verdad obscena casi de Gran Hermano, no es exactamente una comedia. Hay mucha carga de amargura violenta en el comportamiento de esos tres amigos. Hay algo misterioso, que no aciertas a adivinar, en esa reunión que han planeado. Intuyes que algo va a pasar sin saber qué. Y van pasando cosas, pero en el ambiente se respira que algo más gordo está por llegar... y pasan más cosas... pero aún así te da en la nariz que... y pasan más cosas...

 

Entretanto nos va hablando de esas “otras cosas” que a todos nos importan. Entre risa y risa nos va dando mazazos en el hígado y nos hace reflexionar.

 

Los personajes de El Plan podrían parecer de una película Woody Allen, por su neurosis apenas disimulada en constantes sarcasmos,  pero los diálogos me recuerdan más a Tarantino: de la pequeña intrascendencia se crea una bola, en un segundo, que amenaza desbaratar la precaria armonía entre los protagonistas, porque debajo subyace algo sórdido y si movemos mucho los pies puede que lo desenterremos y entonces temblará la tierra. Y ante eso, la hecatombe, nos preguntamos si somos nosotros la causa o el efecto de tanta desgracia. ¿Somos ejecutores o víctimas de nuestro destino?.

 

Tal vez esta obra habla de psicología, de psicología popular aplicada.

 

Me resulta difícil seguir hablando de El Plan sin desvelaros por donde va la trama. No puedo chafaros el placer de la sorpresa constante.

 

Sólo me atrevo a contaros que tres amigos se reúnen para ejecutar un plan, no sabemos cuál es ese plan hasta el final, y mientras esperan que se arregle la avería de un coche asistimos a la caída de sus máscaras, a su último Carnaval juntos.

 

También puedo deciros que al acabar de leerla me vinieron a la cabeza aquellos versos de Calderón en forma de décima:

 

Cuentan de un sabio que un día

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas hierbas que cogía.

¿Habrá otro, entre sí decía,

más pobre y triste que yo?;

y cuando el rostro volvió

halló la respuesta, viendo

 

que otro sabio iba cogiendo

las hierbas que él arrojó.

 

El fin último del teatro es ser representado, obviamente, pero antes de eso ha de ser leído. Y la lectura de El Plan es un rato muy ameno que se pasa en un vuelo (en un puente aéreo, por ejemplo).

 

No he podido evitar imaginármela sobre la escena a medida que la iba leyendo y creo que es una comedia que al público le divertirá muchísimo. Y también imagino la cantidad de tertulias que suscitará entre los espectadores al salir del teatro. Es una obra, ya lo he dicho, que creará debate.

 

Y espero que esto suceda pronto porque alegra ver autores españoles vivos escribiendo teatro de gran nivel, cargado de contenido, con ritmo trepidante, diálogos chispeantes e ingeniosos, personajes entrañables y tensión dramática sabiamente construida.

 

Yo iré a verla, seguro,  y, como autor contemporáneo y buen amigo que soy de Ignasi, rabiaré de envidia con su éxito.

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